
Vaya inicio de año que tuve.
En las primeras semanas de enero tomé más medicinas que las que he tomado en varios años.
Sentí la incertidumbre.
Valoré la vida más que nunca.
Las noches se volvieron eternas.
Entendí a los que luchan todos los días con la esperanza de regresar sanos a casa.
Comprendí a los que nos dejaron.
Sentí la desesperación, el coraje y la resignación.
Vi cómo es posible pasar de la risa al llanto en un segundo.
Extrañé la rutina como nunca.
Me acordé de muchas personas.
Reafirmé a los que tengo cerca.
Vi gente enferma que aún no ha recibido atención.
Burócratas que no les importa que haya gente enferma.
Conocí verdaderos doctores comprometidos con sus pacientes.
Vi cómo el tiempo pasaba lentamente.
Dejé malos hábitos.
Agradecí mi suerte.
Cambiaron mis horarios y a pesar de todo, cuando regreso poco a poco a la normalidad, parece ser que nada ha pasado.
Todo sigue en marcha y la única pregunta que me queda es: ¿Qué era lo que hacía antes de ésto?
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